El país donde duermen las sombras

Alacena Roja
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El país donde duermen las sombras” son siete fábulas, siete historias que desde diferentes puntos de vista se enfrentan a la idea de pérdida. Sus personajes inician un viaje para regresar al punto de partida, iguales pero diferentes, experimentan un hecho prodigioso que de algún modo les hace crecer.  
 
En “La Casa del Acantilado” encontramos a una familia peculiar, el amor en el bosque de los alcornoques y la senda de las bellotas, entre dos mundos, el bien y el mal, el territorio de los hombres y el de los monstruos. 
 
“Azul” es una muñeca distinta a lo convencional. En“El extraño mundo interior de mi tío Andrés”, se descubre el secreto mejor guardado y el siniestro pozo de un jardín abandonado, por donde nos asomamos a su inquietante mundo interior. “El Niño Globo” es un niño algo volátil, un cuento-globo que escapa entre los dedos.  
 
En “Obreras” asistimos a la decadencia de una colonia de abejas, donde el orden lógico de la colmena se ha invertido. En “El lugar sin nombre” llegamos en nuestro viaje hasta el País de la Montaña Verde y sus extraños habitantes que creen vivir en el último lugar del mundo, sin querer ver a los misteriosos enanos que llegan al oscuro y temible mar. Con "Nostos" volvemos al lugar de partida, y por tanto, al mito, a la protohistoria, el amor y la muerte, esta vez entre la diosa Afrodita y su Anquises de turno, que, como todos los amores eternos, está destinado a encerrar alguna forma de imperfección
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About the author

 Nacida en Valencia (España) en 1972, licenciada en Derecho y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valencia. Escritora de fábulas, en las que combina influencias de la literatura moderna con otras más tradicionales que van desde la mitología clásica al imaginario mágico de los cuentos de hadas. En un estilo próximo al realismo fantástico, explora caminos narrativos, basados en la simplicidad y la narración abierta. Retoma el estilo de la fábula, para darle una vuelta al género. De forma recurrente esta autora reflexiona sobre la diferencia, el poder, la necesidad de recomponer la unidad en un mundo globalizado y fragmentado, y asume la voz de los que no pueden hacerse oír para denunciar su invisibilidad. Sus cuentos suelen comportar algún debate ético que nos sitúa en la necesidad de repensar nuestro lugar en el mundo como “animales sociales”. Además de “El país donde duermen las sombras”, es autora de "Constelación", una recopilación de algunas de sus primeras fábulas.

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Additional Information

Publisher
Alacena Roja
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Published on
Nov 22, 2013
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Pages
140
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ISBN
9781494257910
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Language
Spanish
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Genres
Fiction / Fantasy / Collections & Anthologies
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Content Protection
This content is DRM free.
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Fernando Gonzalez Andrade
Hace muchos años, muchos, había un pequeño pueblo al noreste del estado de Durango, llamado El Refugio, y su situación geográfica no era ningún privilegio respecto a los demás pueblos, ranchos, villas, y ejidos circunvecinos, pues se encontraba algo apartado, por no decir escondido de los demás y cómo a 15 kilómetros del camino principal conocido entonces cómo Camino Real, dada la importancia de este camino cómo arteria vial. Este Camino Real pues, unía varios ranchos y ejidos de más o menos importancia y entroncaba al fin con una carretera llena de baches y parches que iba a Torreón, Gómez Palacio y Lerdo; ciudades con mucho auge comercial unidas entre sí por aquel importantísimo medio de transporte: el romántico tranvía.

Toda esta vasta extensión territorial ya era conocida cómo Región Lagunera, pues los ríos Agua- naval y Nazas irrigaban toda esta área en una de canales, tajos y acequias, llevando su vendito líquido hasta los lugares más recónditos, tales como El Refugio, convirtiendo a esa área en todo un oasis, ya que por naturaleza todo el norte del estado de Durango es semidesértico.

A pesar de su aislamiento El Refugio sí se podía considerar privilegiado respecto a otros pueblos de esa área pues contaba con un centro cívico, típico de la mayoría de los pueblos provincianos cómo lo era una plaza con árboles muy altos; sabinos, álamos y fresnos, que aunque muy viejos y muy terrosos, estaban muy frondosos; pues agua no les faltaba.

La placita aquella lucía corredores muy limpios enfilados por bancas de madera y mármol, cortesía de los frailes que construyeron la parroquia Del Refugio, patrona del pueblo y que dio origen a su nombre.

A pesar de que el tiempo ya enseñaba su paso en aquellas añejas y terrosas canteras de esta parroquia, el delicado arte de recias manos de antaño prevalecía en todas las figuras esculpidas en aquellas piedras a todo lo ancho y a todo lo alto de los pilares que rodeaban la explanada frontal del atrio, arte que se apreciaba también en la hermosa arquitectura alrededor de la gran puerta frontal e iba hasta lo más alto de sus torres donde el incesante revolotear de las palomas espantadas por el tañer de las campanas daban un toque romántico y muy especial a las soleadas tardes a la hora del rosario.

Por el otro frente de la plaza, en la calle hasta el otro lado opuesto de la Iglesias estaba aquel alto edificio de adobe de dos pisos; viejo terrosos y despintado que al parecer en sus buenos tiempos fue amarillo, después verde y luego otra vez amarillo a juzgar por algunas descarapeladas en lo alto de sus paredes; este edificio ocupaba toda la cuadra y tenía en su parte baja un gran portalón que iba a lo largo de toda la finca, sostenido por una fila de gruesos, altos y redondos pilares también de cantera unidos allá en lo alto en forma de arco, y es por eso que a ese lugar allí frente a la plaza se le conocía como: Los Arcos.

Es difícil imaginar que en un pueblo cómo este hubiera un hotel, pero los hermanos Rodríguez que para entonces eran los dueños de este gran edificio allí frente a la plaza le sacaban provecho rentando los cuartos de arriba, y la verdad es que casi nadie ocupaba; fuera de uno que otro merolico o cachivachero barato que se aventuraban a vender por todas aquellas rancherías, tomando el hotel como centro de operaciones, los unos a vender desde víseles para retrato, hasta cortes y retazos de tela; y los otros desde brillantinas y cremas, hasta pomadas que lo curaban todo, asì como tónicos levanta muertos.

Algunos de éstos merolicos contaban con sus camionetas de sonido; Pakard, De Soto, Estudebaker, International, sin faltar el popularísimo Foringo; muebles, que dadas sus posibilidades económicas, los compraban muy viejos y algo baratos, allá de los yonques del ‘Otro Cachete’ (así llamaban ellos a Los Estados Unidos) pero sin duda alguna, eran muebles muy buenos pues casi no se les descomponían. En la cajuela de estas unidades ellos colocaban un generador de energía eléctrica,

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