🤖 Las megacorporaciones reescriben la historia. Los cultos virales dictan quién eres. La identidad humana es apenas una simulación al borde del colapso.
💥 En este mundo desigual y decadente sobrevive Jana Lee, arregladora: la contratan cuando hay un problema que nadie más puede solucionar… y del que nadie quiere saber cómo lo hará. Irónica, obstinada, con más cicatrices que certezas… y un robot obsoleto que la llama J. como si la conociera mejor que nadie.
🔎 Pero no todo puede arreglarse. Hay territorios donde la memoria se fragmenta, las voces se multiplican y lo absurdo se convierte en un campo de batalla.
¿Te atreves a seguir a Jana en su misión hacia lo desconocido?
Entre el vértigo metafísico de Solaris, el new weird de Aniquilación y la herencia ciberpunk de Ghost in The Shell, esta novela es una inmersión sensorial y perturbadora en la conciencia, la identidad y el límite de lo humano.
Nací en León, ciudad de contraste, cecina y cuélebres dormidos. Crecí en los noventa, entre cintas VHS, recreativas, D&D, y tardes con animes mal doblados que me marcaron más que cualquier catecismo. Ingeniero industrial de formación, profesor de ciencias por vocación y guía de yoga integral por rebelión interna. Fan irredento de la ciencia ficción, esa nave que lo contiene todo: el miedo, el deseo, el mañana.
Durante más de una década fui el Ahab de El Pacto de las Janas, una asociación juvenil leonesa con la que intentamos dignificar el mundo del frikismo, por entonces denostado y caricaturizado. De ahí nació Level Up León, una criatura pixelada que aún resuena en mis circuitos. Eso sí, contaba con una tripulación de locos inconformistas maravillosa. Aquí es donde también conocí a mi mujer, y ya solo por ello, todo mereció la pena.
Me encanta estar con los jóvenes, escucharles, aprender de ellos y ayudarles a construir su futuro. Creo que educar es también un acto de ciencia ficción: sembrar hoy para mundos que aún no existen. Cómo no, me apasiona ser padre a tiempo completo.
Escribo desde que pude agarrar un lápiz sin romperlo. Mi sangre es melómana, mi ADN tiene forma de viñeta de cómic (Miller, Brubaker, Ennis, Morrison o Moore se han encargado de trenzarlo), y mis madrugadas están hechas de películas que duelen o despiertan. Me enamoré del cine cuando entendí que Ser o no ser podía ser una respuesta, y que Blade Runner no era ciencia ficción, sino profecía. A día de hoy, sigo igual de enamorado que el primer día, desenterrando nuevas joyas que admirar.
Crecí —y sigo creciendo— a la sombra de Ursula, Orwell, Matheson o Hesse... y también de Morfeo, Tyler Durden o Sanjurō. Mis heroínas son como Ripley: inteligentes, rotas y valientes. Mis referentes masculinos fuman en blanco y negro y se apellidan Bogart, con la mirada sucia del que ha visto demasiado pero aún no se rinde.
Soy de los que creen que la literatura debe abrir puertas al futuro sin cerrar las del alma. Por eso escribo: para dejar un ascua encendida que apacigüe las largas noches de oscuridad.