La masonería madrileña: en la primera mitad del siglo XX

EDITORIAL SANZ Y TORRES S.L.
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El presente libro analiza y reconstruye a través de fuentes hemerográficas y archivistas la historia de la masonería madrileña y las interconexiones entre las diferentes logias. Para ello, se examinará de forma crítica las interpretaciones a las que se ha visto sometida, encontrándonos con una institución compleja, estructurada en varios niveles de acción: masones, logias y obediencias. Se tratará de recuperar el trabajo de todas las logias madrileñas y el nombre de sus miembros, estableciendo un marco de análisis novedoso y la importancia de figuras como Morayta, Simarro, Barcia, Vidarte, entre otros.


El libro que presento es una síntesis de lo que en su día fue la tesis doctoral de Manuel Según Alonso en Historia por la Universidad Nacional de Educación a Dis­tancia sobre la masonería madrileña de la primera mitad del siglo XX.

Presidí el tribunal que le otorgó un merecidísimo sobresaliente cum laude por unanimidad. Dicha tesis doctoral venía a colmar un vacío historiográfico realmente inexplicable pues, frente a la riqueza de estudios monográficos dedicados a la historia de la masonería de la mayor parte de las provincias españolas, carecíamos de un estu­dio de conjunto sobre la masonería de Madrid. Bien es verdad que disponíamos de importantes aproximaciones, pero sin vocación de exhaustividad o centradas en la historia de algunas logias madrileñas. Tales habían sido los trabajos de Salmón Mon­viola, La palabra de paso: identidades y transmisión cultural en la masonería de Madrid (1900-1936), o los de Márquez, Poyan, Roldán, y Villegas, sobre La Maso­nería en Madrid, centrada en el estudio de algunas logias madrileñas de fines del

XIX. Igualmente meritorio fue el monográfico coordinado por Ferrer Benimeli sobre La masonería en Madrid y en España del siglo XVIII al XXI que recoge las ponencias del congreso organizado en 2003 por el Centro de Estudios Históricos de la Masone­ría Española. También contábamos, entre otros, con estudios específicos como el de Adán Guanter, o de Chato Gonzalo sobre la logia La Ibérica núm. 7 de Madrid; de Ortiz Albear, sobre la logia Amor de Madrid, o el que yo mismo publiqué sobre la logia “Liberty” núm. 70 de la Base militar de Torrejón de Ardoz. Ello sin contar con los estudios biográficos de masones madrileños, en su mayoría políticos ilustres.

Pues bien, ante este rico, pero un tanto deslavazado panorama, la labor de Según Alonso viene a constituir la clave de bóveda que ha servido para reordenar toda esa bibliografía y completarla con un minucioso estudio de los cuadros lógicos de todas las logias madrileñas. A tal fin, Manuel Según Alonso ha dedicado varios años a la paciente labor de consulta en los archivos, especialmente el ubicado en Salamanca, fijando la lista de masones de Madrid, estudiando las diferentes Obediencias, las rela­ciones de dichas Obediencias con sus logias, las conexiones entre las logias y sus miembros, los perfiles ideológicos conscientemente asumidos por algunas logias, las tensiones generadas en el seno de algunas Obediencias por la creciente politización de ciertos talleres, los importantes debates de todo tipo, filosóficos, sociales, políticos que las animaron, etc. El resultado del trabajo doctoral de Según Alonso está publicado en su versión original en internet, lo cual nos dispensa de mayores precisiones.

Me permitirá el lector que esboce algunas notas biográficas de su autor. Manuel Según Alonso, nació en Madrid en 1963, es funcionario de carrera de la Administra­ción del Estado, y actualmente está destinado en el Ayuntamiento de Madrid, como jefe de Unidad. Es miembro del Centro de Estudios históricos de la Masonería Espa­ñola (CEHME), miembro del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid don­de actualmente es vicepresidente 3º de la Agrupación Especial Ateneísta Agustín Argüelles, secretario de la sección de Ciencia y Tecnología, y de la sección de Arqui­tectura.

Su interés por la historia de la masonería le ha llevado a impartir diversas ponen­cias y conferencias en diferentes congresos: “La represión de la Masonería en Ma­drid”, en el Encuentro Internacional sobre políticas y Prácticas de Memoria Históri­ca y democrática celebrada en Alicante entre el 28 y el 31 de marzo de 2019 y Orga­nizado por la Generalitat Valenciana y la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica; “La logia madrileña El Progreso núm. 88”, en XV Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española, que tuvo lugar en Lisboa del 11 al 13 de octubre de 2018; “La reconstrucción del espacio masónico madrileño entre 1900 y 1923”, en el III Congreso Internacional de jóvenes investigadores. Mundo Hispánico: cultura, arte y sociedad, celebrado en la Universidad de León del 15 al 17 de noviembre de 2017; “La masonería madrileña hoy: la reconstrucción de la maso­nería en Madrid entre 1976-2016”, en el Congreso Internacional La España actual. Cuarenta años de historia (1976-2016), organizado por la Universidad de Cádiz del 10 al 12 de mayo de 2017; “Una forma de socialización: la masonería madrileña entre 1900 y 1922” en el Congreso Internacional SocyHume “From Sociability Spaces to Cultural Heritage, celebrado del 22 al 24 de septiembre de 2016 en la Universidad de Evora (Portugal); “El republicanismo masónico madrileño entre 1923 y 1931: las logias políticas”, en el XIV Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española, organizado en Gijón del 10 al 12 de septiembre de 2015. Además, ha im­partido numerosas conferencias sobre historia de la masonería madrileña en el Ateneo de Madrid.

Fruto de esta notable actividad científica, Manuel Según Alonso ha publicado diversos estudios dedicados a la masonería madrileña, entre los que cabe citar: “La Influencia de la masonería madrileña en la política de la Segunda República Española (1931-1939), en la revista REHMLAC, vol 6, nº 2, (diciembre 2014-abril 2015); “El republicanismo masónico madrileño entre 1923 y 1931: las logias políticas”, en la obra colectiva coordinada por Delgado Idarreta y Pozuelo Andrés, La masonería hispano-lusa y americana. De los absolutismos a las democracias (18152015), Uni­versidad de Oviedo, 2017, pp. 347-359. Igualmente ha publicado “La reconstrucción del espacio masónico madrileño entre 1900 y 1923”, obra colectiva editada por Gar­cía Prieto, y Mateo Pellitero, Pensamiento, religión y sociedad del Mundo Hispánico, Universidad de León, 2018, pp. 51-66. O “La logia madrileña El Progreso núm. 88”, en las actas del XV Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española celebrado en 2018, etc.

La tesis doctoral de Según Alonso se propuso mostrar de la manera más comple­ta posible las logias y obediencias que trabajaban en Madrid durante los primeros cuarenta años del siglo XX. Para ello se planteó diversas preguntas: ¿qué logias traba­jaban en Madrid?, ¿cuándo se fundaron?, ¿cuántos miembros tenían?, ¿dónde traba­jaban?, ¿cómo se relacionaban los miembros en logia?, ¿para qué se reunían?, ¿cómo se relacionaban las logias entre sí y con las Obediencias?, ¿a qué se dedicaban?, ¿qué temas trataban?, ¿qué presencia tenía la mujer en logia?, ¿cuántas obediencias había en Madrid?, ¿qué posición adoptaron ante los acontecimientos del momento?, ¿qué relación tenían con otras asociaciones?, ¿crearon medios de comunicación para im­plantar sus ideas?, ¿influyeron los diferentes regímenes políticos en su desarrollo?, ¿influyó en la masonería madrileña la guerra de España?, ¿qué represión padeció? ¿qué había de realidad en las acusaciones hechas años después a la masonería?

La obra que ahora se publica ha eliminado el fatigoso formato académico y ga­nado en claridad expositiva. A lo largo de sus páginas, su autor desgrana la sociabili­dad a la que aspiraba la fraternidad masónica madrileña, pese al enfrentamiento entre las diversas Obediencias. El GOE era la Obediencia principal, presente en todo el periodo estudiado y a la que estaban adscritas la mayoría de las logias. La GLE se convirtió a partir de 1922 en la segunda obediencia en Madrid, seguida de lejos por otras obediencias como el DH o el GONE. Es importante tener en cuenta la impor­tancia del Supremo Consejo de Grado 33, encargado de los altos grados del Rito escocés antiguo y aceptado, con todo, el mayoritariamente practicado en España.

El libro arranca con la crisis finisecular de 1896, la clausura gubernativa de las logias, y la reorganización de la masonería madrileña entre 1900 y 1923 en torno a la logia Ibérica. En estos primeros años, la masonería madrileña se preocupaba de los aspectos simbólicos y ritualistas que le eran propios, pero también abordaba diversos asuntos que eran objeto de debate en la prensa de la época tales como la incineración de cadáveres, el analfabetismo, la creación de barriadas obreras, la situación de los empleados del cuerpo de Correos y, en definitiva, lo podría denominarse reformismo democrático. Igualmente, por estos años, la connivencia de la Iglesia y de la monar­quía con la Dictadura de Primo de Rivera, agudizó en muchas logias un discurso anticlerical y republicano. La masonería de esos años tuvo especial sensibilidad para captar los signos de los tiempos: fue el caso de la creación de la Liga Española en Defensa de los Derechos del Hombre, impulsada por Simarro, o el creciente interés de las logias madrileñas por la política internacional (las relaciones con Portugal, la situación de Rusia, de Polonia o de Filipinas) como instrumento para evitar las gue­rras, interés que, por otra parte, era común a la masonería europea. Recordemos que solo en los primeros 50 años de existencia de los premios Nobel de la paz, once ma­sones obtuvieron dicho galardón: Elie Ducommun suizo (1833-1906), Theodor Roo­sevelt (1858–1919), Alfred Hermann Fried (1864-1921), Léon Victor Auguste Bour­geois (1851-1925), Gustav Stresemann (1878-1929), Aristide Briand (1862-1932), Frank Billings Kellogg (1856-1937), Carl von Ossietzky (1889-1938), Henri La Fon­taine (1854-1943) y George Marshall (1880-1959).

Durante la Dictadura, dieciocho logias trabajaban en Madrid; once formaban parte del GOE, cinco pertenecían a la GLE, dos pasaron por ambas obediencias, una era del Derecho Humano y otra del GODE. La autoridad gubernativa vigiló las lo­gias, pero sin prohibir sus trabajos porque no las consideraban peligrosas. En todo caso, para evitar problemas, las autoridades masónicas reiteradamente pidieron pru­dencia y recordaron a los hermanos de Obediencia el deber de apoliticismo que debía primar en la Orden. Mucho se ha escrito y debatido sobre la politización de las diver­sas Obediencias masónicas durante la Dictadura de Primo de Rivera y la II República, y cómo la crisis política y social de aquellos años acabó alterando la paz masónica y el tradicional deber de apoliticidad. Disponemos de estudios sobre esta tamaña cues­tión; como referencias señeras cabe citar a Enríquez del Arbol, “La Masonería espa­ñola y la política ¿Objetivos comunes?”, publicado en Masonería, Política y Socie­dad. Actas del III Symposium de Metodología aplicada a la Historia de la Masonería Española, Zaragoza, 1989, vol. I, pp. 3-24. O el imprescindible Ferrer Benimeli, Jefes de Gobierno Masones. España 1868-1936, Madrid, 2007. pp. 357-384. Hay que añadir las atinadas observaciones de Sánchez Ferré, “Tradición iniciática y progreso en el cuerpo doctrinal de la masonería española”, publicado en La Masonería en la España del Siglo XX, Symposium Internacional de Historia de la Masonería españo­la, Toledo, 1996, vol. I, pp. 91-107. Sobre el reconocimiento de la regularidad del Grande Oriente Español, también es esclarecedor el estudio de Chato Gonzalo, “El congreso masónico de Lisboa de 1905: republicanismo, iberismo y masonería”, edi­tado en La masonería en Madrid y en España del siglo XVIII al XXI, X Symposium Internacional de Historia de la Masonería española, Zaragoza, 2004. vol. I, pp. 509­-534.

 

La cuestión de la regularidad debería de ser central en todo estudio de la masone­ría porque muestra no solo la riqueza de matices y tendencias de los masones, sino también porque ilustra al lector profano acerca de la existencia de varias masonerías, incluso enfrentadas entre sí precisamente por su mayor o menor apoliticidad. Solo así puede explicarse la singularidad de las masonerías españolas: por ejemplo, que la masonería regular y originaria fundada en Londres en 1717, que siempre ha prohibido los debates políticos, haya reconocido por primera vez a una Obediencia masónica española en la tardía fecha de 1987. O lo que es lo mismo, que para la masonería inglesa, no ha habido masonería española hasta esa fecha. Ello es un significativo ejemplo de los perfiles irregulares o adogmáticos de la masonería de esos años.

A estos efectos, tal vez sea poco conocido el pensamiento y proceder de cuatro grandes maestros del Grande Oriente Español (Luis Simarro, Augusto Barcia, De­mófilo de Buen y Diego Martínez Barrio) sobre la regularidad de la masonería o, si se prefiere, sobre el cumplimiento del deber consignado desde 1717 en las constitu­ciones históricas de la masonería de no tratar cuestiones políticas en las logias.


Luis Simarro Lacabra (1851-1921), catedrático de psicología experimental en la Universidad de Madrid, y director de un Centro de investigación histológica que, poco después, se integraría en otro Centro análogo bajo la dirección de su amigo, colega y también masón, Santiago Ramón y Cajal, fue elegido Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 y, desde junio de 1917 hasta junio de 1921, fue gran maestro del Grande Oriente Español. Explicaba a sus Hermanos de Obediencia la necesidad de mantener la Orden al margen de los debates y disputas políticas y reli­giosas por ser un deber impuesto en las Constituciones de la masonería, lo cual no impedía a los masones participar en proyectos cuyos principios coincidieran con los establecidos por la masonería; “Sabido es, queridos hermanos, que la Francmasone­ría, sin ser partidista, es, sin embargo, la defensora constante del progreso, de la liber­tad y de la fraternidad, cuyos sacrosantos principios vemos seriamente combatidos por los elementos reaccionarios de nuestro país, y aunque laboramos constantemente a favor de nuestros ideales y estamos compenetrados con todos los elementos demo­cráticos, al ver en peligro nuestros sacrosantos ideales, el Gran Consejo de la Orden ha decidido informaros de nuestra peligrosa situación y reclamar vuestra eficaz ayuda para remediarle” (citado por Ferrer Benimeli, “El Dr. Simarro y la masonería”, en Investigaciones psicológicas, n.º 4 (1987), pp. 209-344).

Fallecido Simarro en junio de 1921, fue elegido para sucederle en la gran maes­tría Augusto Barcia Trelles (1881-1961), abogado y diputado independiente en las Cortes desde 1916 hasta 1923 y masón desde 1910, con el nombre simbólico de La­salle. Paralelamente, había ingresado en los altos grados del sistema escocista admi­nistrados en el Capítulo “Esperanza” de Madrid, alcanzando el grado 33 en 1918 y llegando a ser elegido en 1929 su Soberano Gran Comendador para suceder al difunto Enrique Gras Morillo. En 1925, con motivo de su asistencia al Convento Extraordina­rio de la Asociación Masónica Internacional celebrado en Ginebra, ratificó la idea de que el Grande Oriente Español debía “permanecer apartado de las luchas de bandería y de escuela” y de que “la Francmasonería era superior a todos los partidos, estaba por encima de ellos y no podía degradarse sirviendo de instrumento a las conveniencias de ninguna fracción profana o de las ambiciones de ningún hombre político” (Boletín Oficial y Revista Masónica del Supremo Consejo del Grado 33 para España y sus dependencias, Año XXXV, n.º 385, Madrid, 30 de junio de 1928, pp. 6-3), y cumplir con ello los principios fundamentales de la Orden. Afirmaba Barcia que la masonería debía respetar su deber “de neutralidad política, de abstención política, de apartamien­to político, rectificando así esa idea vulgar, tan generalizada, que dentro de nuestra Familia aún subsiste, de que la Masonería es una Institución que tiene por finalidad hacer labor revolucionaria y de acción política en el mundo profano. Hoy lo repetire­mos nuevamente; esto cae bajo los efectos de un acuerdo que lo prohíbe terminante­mente” (Memoria escrita por el Delegado del Grande Oriente Español, en el Con­vento Extraordinario de la Asociación Masónica Internacional que se celebró en Ginebra los días 1-4 de octubre de 1925, Valencia, edición de la logia «Patria Nue­va», 1925, pp. 35-36). Aunque ya en alguna ocasión había invitado a los Hermanos “politizados” a abandonar la Orden llegándoles a calificar de “pseudomasones irres­ponsables” (Boletín Oficial del Grande Oriente Español, n.º 284, 31 de diciembre de 1915, p. 8) era consciente de que “existía una corriente fuerte… que pedía una cam­paña de protesta, franca y clara contra la Dictadura” (Memoria escrita por el Delega­do del Grande Oriente Español, cit., pp. 35-36). En septiembre de 1931 publicó un contundente artículo en el Boletín del Supremo Consejo del Grado 33 titulado “Leal­tad y claridad” en el que resumía el ideario masónico universal. Le apoyaban la ma­yoría de miembros del Supremo Consejo del Grado 33 (Enrique Gras Morillo, José Lescura, Rosendo Castells Ballespí, José Moreira, etc.), decantados claramente por la regularidad masónica, es decir, la prohibición de tratar asuntos políticos en sede ma­sónica. Ya el 15 de octubre de 1925, el Supremo Consejo se había dirigido al Grande Oriente Español para insistir en que “es un principio hoy fundamental de la Masone­ría Universal que nuestra Institución no puede mezclarse ni intervenir en la política, ni estar adscrita a ningún partido ni grupo... [debiendo prohibirse] cuantas propagandas contrarias a estos principios se pretenda hacer en las Logias”, lo que era recordado nuevamente al año siguiente; “La política de la Masonería no es la de laborar por la forma de gobierno de un país, ni porque la jefatura de un Estado esté en manos de una determinada persona; su política consiste en transformar a los hombres de todas las esferas sociales en seres amantes de la libertad, de la fraternidad y del progreso; para conseguirlo tiene la Masonería órganos apropiados, creados al transcurso de siglos de experiencia” (Comunicación del Supremo Consejo del Grado 33 a la Gran Asamblea del Gran Consejo Federal Simbólico, de fecha 20 de mayo de 1926). En coherencia con su defensa de la apoliticidad de la Orden, renunció a todos sus cargos masónicos cuando en 1933 decidió volver a la política y afiliarse al partido de Acción Republica­na de Azaña, llegando a ser Ministro de Estado desde febrero a abril de 1936 y Presi­dente del Consejo de Ministros del Gobierno republicano por unos días en mayo de ese año.


Por su parte, el siguiente gran maestro de la Obediencia, Demófilo de Buen Lo­zano, simbólico Manuel Kant, catedrático de Salamanca y luego de Sevilla, ocupó la máxima dirección de la Orden de 1926 hasta julio de 1931. Fue firme partidario de mantener los principios seculares de la fracmasonería tales como la creencia en Dios, la prohibición de intervenir en política y en materia religiosa bajo el lema de que “La Francmasonería y las obediencias que la componen no se hacen órganos de ninguna tendencia política o social particular” (GOE. VI Asamblea Nacional Simbólica, Sevi­lla, 1927, p. 26. Firmeza que fue saludada y apoyada también desde las páginas del Boletín Oficial del Supremo Consejo del Grado 33, Madrid, n.º 385, 30 de junio de 1928, p. 8). Con motivo de la VI Asamblea Nacional Simbólica del Grande Oriente Español, criticó la parcialidad política de algunas logias que estaban comprometiendo la esencia de la Orden; “Si no renunciamos a tener todo matiz partidista nos apartare­mos de una de las direcciones fundamentales de la Masonería universal, acentuare­mos nuestro aislamiento y colocándonos en la imposibilidad de realizar los fines per­manentes de la Orden, le señalaremos misiones momentáneas que no es apta para cumplir” (VI Asamblea Nacional Simbólica, celebrada en los Valles de Madrid los días 24, 25, 26, 27 y 28 de mayo de 1927, Sevilla, 1927, pp. 25-34). Aclaraba que con ello no se estaban propugnando un alejamiento de los problemas del momento que pudiera interpretarse como silencio cómplice sino, por el contrario, dado que la maso­nería “debe acoger en su seno a todos los hombres, sean cualesquiera sus tendencias políticas y sus ideas religiosas”, la verdadera política consistía en “hacer ciudadanos mejores, más cultos, más conscientes y cumplidores de sus deberes, más amantes del pueblo en que viven, más dispuestos al sacrificio personal ante los nobles ideales humanos que la Masonería defiende, más tolerantes con las ideas ajenas…” (VI Asamblea Nacional Simbólica, celebrada en los Valles de Madrid los días 24, 25, 26, 27 y 28 de mayo de 1927, Sevilla, 1927, pp. 25-34). 

Y en similar sentido se produjo Diego Martínez Barrio (1883-1962) como gran maestro del Grande Oriente Español en 1931. Hijo de un albañil, comenzó a trabajar a los diez años en una panadería, luego en el matadero y finalmente en una imprenta que le introdujo en el mundo de la prensa política y social. En 1905 era elegido conce­jal republicano del Ayuntamiento de Sevilla, iniciando así una carrera política que le llevaría a ser ministro de Comunicaciones, de Gobernación y de Guerra, y a ser presi­dente del Gobierno en 1933, presidente de las Cortes en 1936, presidente interino de la República ese mismo año, nuevamente presidente de Gobierno del 18 al 19 julio de 1936 y, finalmente, presidente de la República tras la dimisión de Azaña en febrero de 1939. Desempeñó, por tanto, las tres presidencias superiores del Estado. Martínez Barrio había sido iniciado en 1908 y en 1923 fue elegido gran maestro de la Gran Logia Simbólica Regional del Mediodía. Como firme defensor de los principios de la Orden, creía resueltamente en la positiva eficacia transmutadora de los ritos masóni­cos animando a los Hermanos a estudiar y reflexionar sobre el simbolismo aunque, “por desgracia hay un número considerable de masones que, alejados por completo de tales estudios, confunden las logias con vulgares asociaciones políticas, o se sien­ten desilusionados porque en la práctica no responde la masonería al juicio preconce­bido que ellos tenían sobre el tema y que no se han cuidado previamente de contras­tar… En la masonería no hay religiones, no hay partidos, no hay nacionalidades, no debe haber, por consiguiente, discordias ni guerras… la masonería cristiana o atea, socialista o ácrata, burguesa u obrera, son ficciones creadas por mentes en desequili­brio que desconocen el fundamento esencial del masonismo” (Archivo General de la Guerra Civil, Salamanca, expediente personal de Diego Martínez Barrio, documento n.º 17, Sevilla, 18 de julio de 1923). Sin embargo, hubo de hacer frente a las dos pos­turas que enfrentaban a los masones de su Obediencia. De un lado, los partidarios de la regularidad, es decir, del apartamiento de toda acción política. De otro lado, los que consideraban que tal posición incurría en silencio cómplice con la Dictadura de Primo de Rivera y que la masonería tenía que comprometerse en aquellos proyectos políti­cos encaminados a acabar con el régimen por vías democráticas y pacíficas. Frente a ambas posturas, impelido por la coyuntura política del momento, Martínez Barrio consiguió imponer una vía media defensora de una masonería liberal pero no parti­dista, lo cual era algo parecido a lograr la cuadratura del círculo. Así, mientras que en la Asamblea anual celebrada en Sevilla del 31 de octubre al 2 de noviembre de 1926 lamentaba que “por desgracia había un número considerable de masones que confun­dían las logias con vulgares asociaciones políticas” (Asamblea anual del Grande Oriente Español, Sevilla, 31 de octubre – 2 de noviembre, 1926, Sevilla. Tip. Miner­va, 1926, p. 8) en su Mensaje a la Asamblea anual de la Gran Logia Regional del Mediodía, reunida en Sevilla en noviembre de 1929, matizaba que “Mi criterio es ya conocido, sin que pueda decir que responda a una impresión momentánea. Yo he dicho siempre, desde 1922 hasta 1929, que la Masonería tiene la obligación de postu­lar, defender e imponer, si puede, los enunciados fundamentales de su doctrina. A la Masonería no le corresponden deberes políticos, y hace perfectamente en volver las espaldas a las sugestiones partidistas de unos u otros núcleos. Pero abstenerse de co­laborar en empresas de partido, no lo traduzco por cerrar los ojos a las realidades públicas y sociales del país donde se vive, y menos creo que sea permisible, y hasta elogiable, la deserción del estudio y de la resolución enérgica de tales problemas. Objetivamente la Masonería tiene que cuidarse de cuanto se relaciona con su credo vital y aplicar el fruto de su meditación” (Idem, p. 8). La distinción de Martínez Ba­rrio, además de ser excesivamente sutil, no contentó a ninguna de ambas tendencias. Para los “regulares” la masonería liberal era la puerta a la politización de la Orden. Para los otros, era una opción conservadora que rehuía el compromiso político. En todo caso, esas dos tendencias en el seno de la Institución estaban minando la armonía de las logias. Las Memorias del Hermano Juan Simeón Vidarte reflejan la dicotomía vivida en la logia “Mantua”: “Pronto me di cuenta de que estábamos divididos prácti­camente en dos grupos: Los que habían ido allí [a la logia] por preocupaciones filosó­ficas y los que fuimos por inquietudes políticas. El Secretario, Gómez de la Serna, encabezaba el que pudiéramos llamar grupo filosófico, y nuestro Venerable, eminente doctor, de ilustre apellido [Romualdo Rodríguez Vera], el segundo... [que queríamos que la logia] sirviera para algo más que para discutir sobre el Gran Arquitecto del Universo o sobre la Masonería en la Edad Media” (No queríamos al Rey: testimonio de un socialista español, Barcelona, 1977, p. 219). Así las cosas, las crecientes ten­siones internas acabaron por desplazar a un segundo plano los esfuerzos por cumplir los tradicionales Ladmarks y lograr el ansiado reconocimiento de la regularidad por parte de otras Obediencias masónicas extranjeras. Se estaba más pendiente de mostrar una imagen apolítica que de hacerla efectiva en el seno de la Orden. Tal vez hubiera bastado para ello adoptar unos criterios más rigurosos y exhaustivos en la admisión de candidatos a la iniciación, rechazando a aquellos con un perfil más claramente politi­zado y aclarando de manera inequívoca la apoliticidad de la Orden. En este encaje de bolillos, tras la caída de la Dictadura, se hizo pública la siguiente declaración; “El Grande Oriente Español, ajeno a partidismo políticos, si se congratula de la caída de la dictadura española, no es por espíritu sectario, sino por amor a España, a la libertad y a la justicia” (Boletín Oficial del Grande Oriente Español, n.º 39, Sevilla, 10 febrero 1930, p. 1). El propio Martínez Barrio, cuando decidió fundar el partido de Izquierda Republicana, consciente de que su actividad política podía comprometer la neutrali­dad de la masonería, dimitió como Gran Maestro. En esa decisión también influyó la presión del sector crítico partidario de la actuación política (María Dolores Gómez Molleda, La Masonería en la crisis española del siglo XX. Madrid, 1986, p. 250).

Celebradas nuevas elecciones, la mayoría de los Hermanos, significativamente, eligieron gran maestro a Augusto Barcia, defensor de la regularidad masónica. Sinembargo, al renunciar al cargo, fue finalmente elegido Ángel Rizo Bayona, quien, poco después, el 30 de octubre de 1935, invocando razones de “saneamiento moral indispensable”, ordenaba a las Grandes Logias de su Obediencia que se expulsara a todas aquellas personas que hubieran colaborado con partidos adversos a la masone­ría, con indirecta alusión a los miembros del partido Radical aliado de la CEDA. De hecho, este tipo de depuraciones en sede masónica ya venía realizándose en varias Obediencias del pais.

Dicho lo anterior, cabría preguntarse cuál fue el papel real de las Obediencias masónicas en esos años ¿Tuvieron los masones, como tales, una influencia efectiva en la vida política española? Lo cierto es que, años más tarde, durante su exilio, el propio Martínez Barrio afirmaría que “La Masonería española no tuvo, como tal, en ningún momento, desde que se implantó la República, fuerza, autoridad, intervención en los negocios del Estado. Los aciertos de la República, a la República le corresponden, no a la Masonería. Los errores de la República a los partidos republicanos, a los partidos que la gobernaron les corresponden también, desde la base hasta el remate, y no a la Masonería, porque la Institución masónica estuvo alejada, quizá por su propia volun­tad, pero estuvo alejada, y jamás influyó en la dirección de los negocios públicos” (Diego Martínez Barrio, “La Masonería fuente de libertad y democracia”, Cuaderno de Cultura Masónica, La Habana, 1 (1940), pp. 4-5). Tal afirmación, procedente de una persona que había ocupado los más altos puestos en la dirección del Estado y de la masonería, y al que hay que considerar bien informado de las relaciones entre am­bos ámbitos, no puede ser desdeñada sin más. Seguramente, uno de los problemas radicaba en definir el concepto de “política”. En un artículo titulado «Masonería y Política», publicado en 1929 en el Boletín Oficial del Supremo Consejo del Grado 33 se aclaraba que: “Si por política se entiende el esfuerzo inteligente, sistemático y humano para emancipar al hombre, a la familia y a la sociedad de las preocupaciones, de la ignorancia, de los privilegios y de las ruindades, a nuestra Orden hay que situarla en la cumbre de la política. Si por política se entiende la acción educativa para llevar al hombre el sentimiento del deber, induciéndole a consagrarse al servicio del Bien y de la Verdad, nada más político que nuestra Institución. Si por política se entiende el trabajo sistemático para inculcar a los hombres el alto concepto de responsabilidad en la obra colectiva como miembro de una sociedad en que hay normas de justicia que observar, principios de caridad que cumplir, mandatos imperativos de fraternidad que respetar, pocas organizaciones tendrán un sentido más alto y noblemente político que la nuestra. Pero si política es partidismo, caudillaje, acción violenta, lucha terrena, pugna profana por ocupación, dominio y disfrute del Poder público, la Francmasone­ría no fue, no es, ni será nunca política”. Y poco después, en septiembre de 1930, el citado Boletín Oficial del Supremo Consejo del Grado 33, reafirmaba la misma idea: “No se diga que hacemos política. Una cosa es el ejercicio lícito de un derecho, en este caso correlativo del cumplimiento de un deber, tan elemental y primario como el de defender nuestros principios y doctrinas, y otra muy distinta ponerse al servicio de ningún núcleo, grupo o fuerza partidista. Eso sí que no será. La Francmasonería no hace ni puede hacer política partidista. Sí procura formar hombres libres y convincen­tes, que, emancipados de la ignorancia y del fanatismo, puedan independiente y sobe­ranamente regir sus intereses y destinos ¿Es esto hacer política?” (Boletín Oficial del Supremo Consejo del grado 33, n.º 393, setiembre de 1930, pp. 1-3).

Insistimos en que, aunque tales discursos eran demasiado equívocos para la ma­sonería de base, lo cierto es que, con todo, la obligación de apoliticidad consignada en sus Estatutos y reglamentos internos fue básicamente defendida por la mayoría de los altos dignatarios de la principal Obediencia española. Bien es verdad que, frente a las dos tendencias enfrentadas, partidaria la una de la más estricta regularidad y la otra, empeñada en la acción política partidista, la Obediencia española adoptó una postura intermedia derivada de la crítica e inestable coyuntura política. A la postre, esta fue una de las razones fundamentales por las que, pese a que el Grande Oriente Español logró el reconocimiento oficial de varias Obediencias masónicas regulares extranje­ras, no lo obtuvo de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

Por lo demás, la masonería española, lejos de estar unida, padecía los enfrenta­mientos entre Obediencias o, dentro de ellas, entre logias, o en el seno de las mismas. Se debatía si la masonería debía comprometerse políticamente para acabar con los Gobiernos reaccionarios. Algunas logias madrileñas se convirtieron en espacios de apoyo a ciertos partidos políticos de manera que, aun cuando había partidarios de la apoliticidad o neutralidad de la masonería, eran mayoría quienes argumentaban que ello no cabía cuando se violaban los principios constitucionales. Al igual que sucedió en otros países como Francia, Italia, Bélgica, etc. las masonerías acabaron suplantan­do el ámbito de los partidos políticos. Este hecho, que tenía su lógica en los tiempos en que no estaban permitidos los derechos de reunión y asociación o la libertad de prensa y de expresión, se prolongó no obstante, al amparo del formidable aparato y método de trabajo que proporcionaban las logias, ahora convertidas en plataformas o laboratorios al servicio de ciertas políticas. Me he tomado la licencia de extenderme en esta cuestión porque, aunque Según Alonso la ha abordado al inicio de su trabajo, conviene tenerla presente para evitar ciertos espejismos que, lamentablemente, ha nublado la vista de algunos historiadores. En mi modesta opinión, el vidrioso asunto de la regularidad es como el hilo de Ariadna que permite al masonólogo interpretar cabalmente la posisicón y enfrentamientos de las masonerías españolas de los siglos XIX y XX.

Precisamente, la politización de los masones explica que la Segunda República fuera bien recibida por la masonería madrileña. Manuel Según Alonso ha documen­tado la actividad de las diecisiete logias del GOE y las diez del GLE que, pese a sus diferencias, mantenían una parecida defensa del pacifismo, la democracia, la libertad, la justicia y la beneficencia. Con todo, mientras que un sector importante de los diri­gentes del GOE continuó defendiendo la reconducción de la Orden al terreno pura­mente ritual e iniciático, lo cierto es que numerosos masones madrileños fueron lla­mados a ocupar cargos públicos. Bien es verdad que la doble militancia en un partido político y en la masonería no siempre fue bien llevada y que, a la postre, primó la primera. Resulta significativo que, en febrero de 1934, el partido socialista y la UGT declarasen que sus dirigentes no podían ser masones porque la masonería era una organización burguesa. Por ejemplo, en materia de laicismo se ha afirmado que la masonería fue una de las principales responsables de las leyes laicas de la República. Sin embargo, la realidad es que los miembros de la masonería madrileña con respon­sabilidades públicas no mantuvieron una postura masónica común, sino que defendie­ron las políticas de sus respectivos partidos. La radicalización de la vida política espa­ñola y el creciente peso de los masones de izquierdas en las logias, partidarios de utilizar la Orden como instrumento de cambio social, contribuyó a que las fuerzas más conservadoras la señalaran como sociedad secreta al servicio de oscuros intereses internacionales. Finalmente, amplios sectores de la masonería acabaron posicionán­dose con el Frente Popular y con el gobierno republicano de modo que unieron su destino al de la Segunda República. El fin de la Guerra Civil en 1939 dio paso a la represión de la masonería madrileña, especialmente tras la Ley de 1 de marzo de 1940 sobre Represión de la Masonería y del Comunismo, el Tribunal Especial que se man­tuvo activo entre 1941 y 1963, y la Ley de 9 de febrero de 1939 de Responsabilidades Políticas, de la que no se libraron los militares masones madrileños del llamado Ban­do Nacional ni los falangistas. Manuel Según Alonso dedica la última parte de su libro a comentar esta trágica y cruel persecución. Entre los aciertos del libro hay que señalar que contiene un muy útil e interesante listado alfabético de los masones ma­drileños, con mención de su logia, fecha de iniciación, nombre simbólico y demás datos de interés.

En buena medida, la historia de la masonería madrileña resume las contradiccio­nes de la masonería española, a caballo entre su vocación filosófica y sus compromi­sos políticos y sociales, y a la vez víctima de los traumáticos acontecimientos de esos años, pero verduga también de sí misma. Celebramos, en suma, la publicación de esta obra, escrita con honestidad y seriamente documentada que sitúa al doctor Manuel Según Alonso como el máximo experto en la historia de la masonería madrileña de la primera mitad del siglo XX.


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About the author

Javier Alvarado Planas, Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid) España, académico de la Real Academia de Historia, académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, y director de la Colección Historia en la Editorial Sanz y Torres. 

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Publisher
EDITORIAL SANZ Y TORRES S.L.
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Published on
Nov 3, 2019
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Pages
406
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ISBN
9788417765903
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Language
Spanish
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Genres
History / Europe / Spain & Portugal
History / General
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Por primera vez un volumen reúne la historia de España escrita por Arturo Pérez-Reverte durante más de cuatro años en su columna «Patente de corso» del XL Semanal.

Un relato ameno, personal, a ratos irónico, pero siempre único, de nuestra accidentada historia a través de los siglos. Una obra concebida por el autor para, en palabras suyas, «divertirme, releer y disfrutar; un pretexto para mirar atrás desde los tiempos remotos hasta el presente, reflexionar un poco sobre ello y contarlo por escrito de una manera poco ortodoxa.»

A lo largo de los 91 capítulos más el epílogo de los que consta el libro, Arturo Pérez-Reverte narra los principales acontecimientos ocurridos desde los orígenes de nuestra historia y hasta el final de la Transición con una mirada subjetiva, construida con las dosis exactas de lecturas, experiencia y sentido común. «La misma mirada con que escribo novelas y artículos -dice el autor-; no la elegí yo, sino que es resultado de todas esas cosas: la visión, ácida más a menudo que dulce, de quien, como dice un personaje de una de mis novelas, sabe que ser lúcido en España aparejó siempre mucha amargura, mucha soledad y mucha desesperanza.»

Arturo Pérez-Reverte

Reseñas:
«Veamos el libro como el regalo de un gran novelista a la sociedad española, porque estoy convencido de que Una historia de España, de Arturo Pérez-Reverte, es un moderno epílogo al Quijote.»
José Enrique Ruiz-Domènec, Cultura/s, La Vanguardia

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.»
The New York Times Book Review

«Arturo Pérez-Reverte consigue mantener sin aliento al lector.»
Corriere della Sera

«No solo es un espléndido narrador. También maneja con pericia diferentes géneros.»
El Mundo

«Hay un escritor español que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo-Pérez-Reverte.»
La Repubblica

«Su sabiduría narrativa, tan bien construida siempre, tan exhaustivamente detallada, documentada y estructurada, hasta el punto de que, frente a todo ello, la historia real resulta más endeble y a veces hasta tópica.»
Rafael Conte

«Su estilo elegante se combina con un gran manejo de la lengua española. Pérez-Reverte es un maestro.»
La Stampa

«Pérez-Reverte tiene un talento endiablado y un sólido oficio.»
Avant-Critique

«Un repaso equidistante por los tres años de contienda [...] donde defiende la importancia de la memoria y la necesidad de no olvidar lo que fueron aquellos tres años de barbarie.»
Antonio Lucas, El Mundo (sobre La guerra civil contada a los jóvenes)

«La capacidad de síntesis y la ecuanimidad crítica del autor abonan un trabajo de lectura obligatoria.»
Sergio Vila-SanJuán, La Vanguardia (sobre La guerra civil contada a los jóvenes)

Obra colectiva en la que se estudian diversas manifestaciones de la intolerancia a lo largo de la historia y en el mundo actual; las minorías judeo-conversas y moriscas en la Edad Media y Moderna, la exigencia de pureza de sangre para ingresar en las órdenes militares, los problemas de intolerancia en la conquista de las Indias, la legislación y movimientos antiesclavistas en el pensamiento español del siglo XVII y el proceso legislativo abolicionista desde las Cortes de Cádiz y finalmente el estudio de la raza como circunstancia modificativa de la responsabilidad penal en la jurisprudencia del Tribunal Supremo a fines del siglo XIX. También se estudian diversas manifestaciones de intransigencia religiosa en los Países Bajos españoles (1521-1566), o durante la Reforma y la Revolución (1555-1789), diversos estudios sobre la Inquisición, así como otras manifestaciones de la intolerancia derivadas de la pobreza, la condición femenina, la raza, etc. Finalmente se publican diversos estudios sobre la evolución jurisprudencial en materia de igualdad en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y el Tribunal Constitucional de España.

 

 

 

A collective work in which are studied various manifestations of intolerance along History and in the modern world; converted Jewish and morisco minorities in Spain in the Middle Ages and the Modern period; the requisites of «purity of blood» for entry into the military orders; problems of intolerance in the conquest of the Indies; slave legislations and abolitionist movements in Spanish thought of the 17th century and the abolitionist legislative movements from the Cortes of Cadiz and, finally, a study of race as a modifying circumstance of criminal liability in the jurisprudence of the Supreme Court in the late19th century. It studies also several manifestations of religious intolerance in the Spanish Netherlands (1521-1566) and during the Reform and the Revolution (1555-1789); various studies on the Inquisition and other manifestations of intolerance as applied to poverty, women, race, etc. Finally, it publishes various studies on jurisprudence evolution on questions of equality in the European Court of Human Rights, the Court of Justice of the European Union and the Constitutional Court of Spain.

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