El próximo role: Meteorología estratégica

Freddy Enguix
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 El éxito en las regatas de veleros se basa en tres ciencias: Técnica, Táctica y Estrategia. En tanto la Técnica apunta a obtener más velocidad del barco (estableciendo las velas adecuadamente, por ejemplo), La Táctica tiene que ver con las Reglas de Regata y la relación entre un velero y el resto de la flota. Entre ambas materias, literalmente cientos de libros han sido escritos, además de vídeos, y en todo el mundo se organizan clínicas a distintos niveles. Pero por sobre la Estrategia se ha tendido un anormal manto de silencio, como si discutir su laberinto pueda darle al oponente un arma letal. Este libro comete un pecado: la Estrategia es expuesta a boca abierta, y el núcleo del tema, el comportamiento del viento y de la corriente, y sus consecuencias en la premiación al final de una regata de veleros, es discutido y descripto en sus más mínimos detalles. Usted puede tener el mejor y más rápido barco de toda la flota -un sangre pura de carrera-, una tripulación muy entrenada y fornida y las mejores velas que uno puede soñar, pero si un role se manifiesta mientras usted, sus tripulantes, su embarcación y su bonito velamen están en el lugar equivocado del campo de regatas, y en el momento equivocado, sería lo mismo estar flotando en una balsa, tripulado por terrícolas inexpertos e izando velas de arpillera.
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Acerca del autor

 Trazar una semblanza de una persona tan polifacética como lo es Alberto Enguix no resulta una tarea sencilla, sobre todo si debe ser condensada. Por lo que, necesariamente, ha de ser incompleta. ¿Cómo describir a alguien que, siendo al mismo tiempo consumado pescador deportivo y pianista de formación clásica, a una tardía edad decide cambiar radicalmente el rumbo de su vida?. Encauzado por el mundo de la ingeniería de grandes buques, adquiere un pequeño velerito y, sin transitar por escuela alguna, en poco tiempo pasa a un 505, un planeador de extrema dificultad, y alcanza el máximo nivel en el orden nacional e importantes logros en campeonatos realizados en Europa.

Y luego, dos golpes de timón opuestos: diseña algunos veleros de competición, uno de los cuales en 1972 logra el Campeonato Mundial en los Estados Unidos, y organiza multitudinarios cursos de navegación debido a los cuales, ante la falta de bibliografía adecuada, escribe Curso de Vela, tres tomos que, rápidamente, se convierten en best seller. Los años 80 ven de qué manera se agota edición tras edición. Pronto escribe nuevos títulos, más de 30, siempre destinados a la náutica deportiva, al tiempo que ingresa en el periodismo gráfico. Tiene en estos momentos más de 3200 reportajes publicados en los principales medios gráficos argentinos y españoles, lo que lo convierte, indiscutiblemente, en el más prolífico autor de temas náuticos en lengua castellana.

Viento, otro de los tantos libros de su autoría, era –y aún hoy es- una expresión muy avanzada, y hasta polémica, de la meteorología de las capas más bajas de la atmósfera, el que es sucedido por el presente El próximo role, que seguramente ha de seguir el camino de éxito que significó en su momento su irrupción en el medio de la vela deportiva.

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Editor
Freddy Enguix
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Fecha de publicación
10 nov. 2017
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Páginas
332
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ISBN
9788469775912
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Dispositivos admitidos
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Idioma
español
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Géneros
Ciencia / Ciencias de la Tierra / Meteorología y climatología
Deportes y ocio / Navegación
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Alberto Enguix
Alberto Enguix
 

La historia de las conquistas de la humanidad se escribió mayoritariamente sobre los mares, y a bordo de las embarcaciones que, desde hace no menos de cuatro mil años, los han estado surcando, siempre hubo un lugar de privilegio para un personaje cuya misión opacaba no solo al capitán, sino hasta al almirante de la flota.

Debía saber resolver, al instante y sin titubeos, trascendentales incógnitas de las que dependía, nada menos, que la vida propia y la de los embarcados: la posición en pleno océano, la dirección hacia qué punto del inalcanzable horizonte había que marchar, el tiempo que aún faltaba para llegar a su destino, la profundidad necesaria para esquivar los escollos, y el porvenir que les dictaban Neptuno o Eolo.

Privilegiados como estamos en los albores del Siglo XXI, iluminados por constelaciones de satélites artificiales, rodeados de pantallas de computadoras interfaceadas, en nuestros veleros un navegador –que de él se trata- no es otra cosa que un experto calculista e intérprete de imágenes, guarismos y acrónimos que le solucionan, con una exactitud jamás siquiera soñada por Eirik Thorvaldsson -Erico el Rojo-, Colón o Elcano, casi toda su problemática.

Un navegador suele actuar como skipper o capitán en un velero grande, y es quien toma las decisiones, relegando entonces un tanto el timonel y a los tripulantes, algo necesario para que el espíritu de equipo de mantenga sin fisuras y la embarcación triunfe siempre por sobre la inmedible fuerza de los elementos.

Alberto Enguix
 

En la mayoría de los veleros de mediano o pequeño porte el timonel tiene una doble tarea: conducir a la embarcación y resolver múltiples situaciones que puedan presentarse, dando para ello las instrucciones o voces de mando que sean necesarias para que su tripulación las ejecute.

En ese mismo tipo de embarcaciones la conducción se efectúa por medio de una caña o palanca que actúa sobre el timón. Pero, primera sorpresa, cuando se quiere ir a la izquierda este mecanismo se acciona hacia la derecha, y viceversa.

Tampoco es sencillo ajustar la marcha del barco y el velamen con el viento por dos motivos: primero, obvio, que el aire es invisible y, segundo, nueva sorpresa, que nunca es el viento que sopla el que propulsa a un velero.

De modo que un timonel no sólo debe decidir cómo orientar a su barco durante la marcha, sino a qué tripulante encomendar determinada maniobra que necesite efectuar. Y eso implica un compromiso personal, porque debe saber quién, a bordo, está capacitado física o técnicamente, como para ejecutar su voluntad sin fallar.

Si luego algo no sale bien, no puede transferir a su subordinado su propia responsabilidad en no haber sabido elegirlo para esa tarea. A bordo de un yate de vela, mal que nos pese, no hay democracia: uno manda, y el resto obedece; no hay tiempo para el debate.

De lo que se desprende que nunca un timonel podrá desempeñar su tarea a la perfección y bajo la confianza que le trasmiten sus embarcados, si previamente no ha sido un buen tripulante.

Richard E. Nisbett
Un libro revelador que nos enseña a analizar problemas cotidianos aplicando las herramientas científicas más útiles para tomar mejores decisiones profesionales, empresariales y personales.

Hay conceptos científicos y lógicos que cambian el modo en que solucionamos problemas cotidianos al ayudarnos a pensar de modo más claro acerca del mundo y de nuestras acciones. Sorprendentemente, pese a su utilidad, muchas de estas herramientas permanecen olvidadas por la mayoría de nosotros.

En Mindware, el eminente psicólogo Richard E. Nisbett expone estos conceptos de manera clara y accesible. La distinguida carrera de Nisbett ha consistido en el estudio y la difusión de ideas tan potentes para resolver situaciones como la ley de los grandes números, regresiones estadísticas, análisis de coste y beneficio, costes de oportunidad y costes hundidos, o la causalidad y la correlación, en busca de la mejor manera de lograr que los demás los usen eficazmente en su día a día.

En este libro, Nisbett nos enseña a analizar problemas habituales de manera que estos principios científicos y estadísticos sean aplicables. El resultado es una guía tan práctica como iluminadora a las herramientas de pensamiento más importantes; herramientas que se pueden emplear de modo inmediato para tomar mejores decisiones profesionales, empresariales y personales.

Críticas:
«El pensador que más me ha influido es el psicólogo Richard Nisbett. A él le debo mi visión del mundo.»
Malcolm Gladwell

«Mindware nos ofrece la oportunidad de comprender y reaccionar de modo más inteligente al caótico mundo que nos rodea.»
Leonard Mlodinow, The New Yor Times Book Review

Alberto Enguix
Alberto Enguix
 

En la mayoría de los veleros de mediano o pequeño porte el timonel tiene una doble tarea: conducir a la embarcación y resolver múltiples situaciones que puedan presentarse, dando para ello las instrucciones o voces de mando que sean necesarias para que su tripulación las ejecute.

En ese mismo tipo de embarcaciones la conducción se efectúa por medio de una caña o palanca que actúa sobre el timón. Pero, primera sorpresa, cuando se quiere ir a la izquierda este mecanismo se acciona hacia la derecha, y viceversa.

Tampoco es sencillo ajustar la marcha del barco y el velamen con el viento por dos motivos: primero, obvio, que el aire es invisible y, segundo, nueva sorpresa, que nunca es el viento que sopla el que propulsa a un velero.

De modo que un timonel no sólo debe decidir cómo orientar a su barco durante la marcha, sino a qué tripulante encomendar determinada maniobra que necesite efectuar. Y eso implica un compromiso personal, porque debe saber quién, a bordo, está capacitado física o técnicamente, como para ejecutar su voluntad sin fallar.

Si luego algo no sale bien, no puede transferir a su subordinado su propia responsabilidad en no haber sabido elegirlo para esa tarea. A bordo de un yate de vela, mal que nos pese, no hay democracia: uno manda, y el resto obedece; no hay tiempo para el debate.

De lo que se desprende que nunca un timonel podrá desempeñar su tarea a la perfección y bajo la confianza que le trasmiten sus embarcados, si previamente no ha sido un buen tripulante.

Alberto Enguix
 

La historia de las conquistas de la humanidad se escribió mayoritariamente sobre los mares, y a bordo de las embarcaciones que, desde hace no menos de cuatro mil años, los han estado surcando, siempre hubo un lugar de privilegio para un personaje cuya misión opacaba no solo al capitán, sino hasta al almirante de la flota.

Debía saber resolver, al instante y sin titubeos, trascendentales incógnitas de las que dependía, nada menos, que la vida propia y la de los embarcados: la posición en pleno océano, la dirección hacia qué punto del inalcanzable horizonte había que marchar, el tiempo que aún faltaba para llegar a su destino, la profundidad necesaria para esquivar los escollos, y el porvenir que les dictaban Neptuno o Eolo.

Privilegiados como estamos en los albores del Siglo XXI, iluminados por constelaciones de satélites artificiales, rodeados de pantallas de computadoras interfaceadas, en nuestros veleros un navegador –que de él se trata- no es otra cosa que un experto calculista e intérprete de imágenes, guarismos y acrónimos que le solucionan, con una exactitud jamás siquiera soñada por Eirik Thorvaldsson -Erico el Rojo-, Colón o Elcano, casi toda su problemática.

Un navegador suele actuar como skipper o capitán en un velero grande, y es quien toma las decisiones, relegando entonces un tanto el timonel y a los tripulantes, algo necesario para que el espíritu de equipo de mantenga sin fisuras y la embarcación triunfe siempre por sobre la inmedible fuerza de los elementos.

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