El 2 de junio de ese mismo año, estudiantes técnicos, universitarios y normalistas, “tomaron” ahora sí, el Cerro de Mercado, se instalaron en su regazo durante casi sesenta días y dieron cuerpo, voz y sentido a un movimiento social que por su amplitud y participación mereció el calificativo de estudiantil-popular, al integrar prácticamente a todos los sectores duranguenses: industriales de diversos ámbitos, profesores, amas de casa, lustradores de calzado, voceadores, etcétera. Los dirigentes alzaron su voz y demandaron la industrialización del Estado, la cual podría iniciarse con la creación de una siderúrgica. Los resultados fueron magros e impredecible el desenlace: la desaparición de poderes del Estado, promovida por el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz.
Empero, como afirma Emiliano Hernández Camargo, en el Prólogo, el movimiento “logró sacudir y conmover la conciencia de un pueblo aletargado” y valorar que el futuro descansa “en las acciones de la sociedad civil organizada y no en el dictamen determinista de una voz única e incuestionable.”