Lo que pasa después no es amor. Es algo más sucio, pero mucho más honesto. Un encuentro que podría ser el final pero también el principio de una larga cadena de desgracias. Porque cuando la vida te da mala suerte, lo único que te queda es aprender a bailar con ella.
Mala suerte es un cuento sobre segundas oportunidades, sobre el deseo que no se explica, y sobre esa delgada línea entre la vergüenza y el placer. Si alguna vez sentiste que el mundo te debe una, este cuento es para vos.
Si te gusta la mala suerte, este relato te va a encantar.
Si llegaste hasta acá tal vez sea por curiosidad o tal vez porque hay cosas en la vida que no te cierran del todo. Entonces quizás no estés tan perdido como el resto. O tal vez sí. No soy quién para juzgar. Gracias por tu tiempo, de verdad. No sobra, y lo sé. Pero decidiste quedarte un rato más conmigo. Eso ya es más de lo que la mayoría de la gente hace.
Acá debería poner quién soy. Mis logros, mis fracasos, mi lista de mujeres que me dejaron, los bares donde me curé las penas, las noches en vela escribiendo mientras el mundo dormía. Pero no voy a hacer eso. No te voy a dar el gusto de conocerme. No porque sea un misterioso hijo de puta, sino porque prefiero que me leas a mí que a mi currículum.
Me gusta pensar que soy una especie de justiciero del anonimato. Un tipo que escribe desde las sombras, sin ataduras, sin miedo a que lo señalen con el dedo o lo cancelen en redes. Un Zorro degenerado, pero sin la máscara y con una espada un poco menos caballerezca al aire. Porque en el fondo, lo único que tengo para ofrecer es mi palabra. Y mi palabra no le pide permiso a nadie.
¿Que por qué me hago llamar Marcos De Sade? Porque el viejo Marqués se la bancó. Estuvo preso, lo censuraron, lo llamaron loco y degenerado. Pero nunca bajó la cabeza. Escribió lo que quiso, cuando quiso y como quiso. Yo no tengo su talento, ni su cojones, ni su libertad. Pero puedo robarle el nombre y pararme sobre sus hombros para escupir un poco más lejos. Un homenaje a un tipo que se jugó la vida por decir la verdad. Aunque la verdad le costara todo.
Hoy, los círculos de analfabetos sexuales lo siguen condenando. Los mismos que se escandalizan con una teta en una película pero se excitan con un video de guerra. Los mismos que van a misa los domingos y se masturban con la empleada doméstica los lunes. A esos pretendo joderles el sueño. A esos quiero que sepan que el sexo no es pecado, es lenguaje. Y si no te gusta, cerralo y andá a leer a Paulo Coelho. O mejor: andá a hacerte ver.
¿Voy a terminar como el Marqués? ¿Preso, loco, olvidado? No lo sé. Tal vez los algoritmos de la Web 3.0 me rastreen y terminen crucificándome en el altar de la corrección política. O tal vez esto pase de largo, como un camión en la ruta, y solo unos pocos lo lean. Los que entienden, entienden. Los que no, se ofenden. Y está bien. Así es el mundo. Siempre lo fue.
Por ahora, seguiré escribiendo desde la sombra. Sin cara, sin nombre, sin miedo. Y si algún día me agarran, al menos sabré que lo que escribí valía la pena. Que valía el riesgo. Que valía el infierno.
Eso sí: los comentarios se reciben con gusto y sin censura. Lo que te gustó, lo que no, lo que te pareció una mierda. Todo suma. Incluso tu bronca. Mandame un mensaje al Twitter, que ahora le dicen X, a @MarcosdeSade1. Si te animás, contame tu historia. Prometo publicarla pero guardarla bajo llave tu nombre. Porque el anonimato es lo único que nos queda a los que escribimos sin red.
Y si no te animás, está bien. Yo igual voy a seguir escribiendo. Para los que se quedan. Para los que se van. Para los que leen entre líneas. Para los que saben que un buen polvo y una buena historia son lo único que vale la pena en esta mierda de vida.
Nos vemos en la próxima página.