No es un gusto, no es un escapismo, no es una experiencia.
Es lo que soy.
Viajo desde que tuve edad para hacerlo y aun antes.
Viajaba por la ciudad en colectivos y en trenes hacia barrios que no conocía cuando me escapaba del colegio. Hacia la ribera del río ancho o hasta el campo y los cañaverales que quedan en el oeste y en el sur, en los márgenes de la urbe.
De a poco fui perforando lo que habitualmente se llama lejos. Necesitaba habitar esa palabra. Ese espejismo.
Esa añoranza falaz.