El Greco en Castilla-La Mancha: Una mirada didáctica

Universidad de Castilla La Mancha
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 Con la conmemoración del IV Centenario de la muerte de El Greco Toledo ha vuelto a convertirse en la capital cultural que fue en tiempos del artista y celebra que hiciera de ella el escenario de unas creaciones que han alcanzado una difusión internacional. Castilla-La Mancha entera festeja que esas obras sean parte de su rico patrimonio y que los encargos del pintor universal se extendieran al resto de provincias que hoy forman la Comunidad Autónoma. 

La coincidencia de ese espacio geográfico con el que ocupa la Universidad de Castilla-La Mancha, la efeméride de referencia, las directrices marcadas por el Espacio Europeo de Educación Superior en la actualidad y la novedad que supone vincular la obra del artista a este territorio concreto, desde la innovación docente, hacen de esta institución regional el entorno privilegiado desde el que analizar y experimentar las posibilidades didácticas, culturales e instrumentales que ofrece la figura y obra del candiota.

Elementos, todos ellos, que impulsaron a cinco profesores del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Castilla-La Mancha a solicitar el Proyecto de innovación y mejora docente Mirar con imágenes. El Greco en Castilla-La Mancha, auspiciado por el Vicerrectorado de Docencia y Relaciones Internacionales de la UCLM. Los aspectos más significativos desarrollados en el marco de ese Proyecto durante el curso académico 2013-2014, abordados desde una perspectiva interdisciplinar muy motivadora para la comunidad universitaria y atractiva para los interesados en el tema, dan forma al presente libro. Una contribución original al amplio horizonte de estudios sobre El Greco. 

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Additional Information

Publisher
Universidad de Castilla La Mancha
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Published on
Nov 19, 2014
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Pages
144
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ISBN
9788490441015
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Best For
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Language
Spanish
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Genres
Art / European
Art / History / Renaissance
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 The notion of self has become crucial for contemporary cultural studies in its examination identities. Identities are often conceptualized as an engagement of the individual’s self—their condition of being a person—with broader cul-tural cons tructs. However, in addition to being culturally situated, the constitution of selves may be conceived of through identity-construction phenomena whereby individuals’ subjectivities take up, or resist, the subject posi-tions made available in discursive practices. Selves—the notion of ‘Who and I?’—may only be understood as resulting from power-based discourses and cultural practices.

In this respect, the idea of the self could be best made sense of in the broader context of the circuits of cul-ture where identities are conformed together with other key cultural processes including representation and cul-tural production, consumption and regulation. 

The chapters in this collection explore the relations of selves with a wide range of cultural products (e.g. mass media, poetry, fiction, film, painting, advertising, the Internet, education, the institutional, etc.) across a multiplicity of social, political, geographical and historical contexts. Selves are accordingly approached through the study of the interplay between identity-construction processes and cultural products within particular circuits of culture. It is the conditions of such cultural circuits that have an impact on specific faces of the self. This is indeed the case of gender, race and ethnicity, nation and age, which are dimensions of the self that are drawn attention to throughout the contributions in this volume.

La vida y obra de Vincent van Gogh están tan entremezcladas que es prácticamente imposible observar una sin pensar en la otra. Van Gogh se ha convertido en la encarnación del sufrimiento, en el mártir incomprendido del arte moderno, el emblema del artista como alguien ajeno. En 1890 se publicó un artículo que daba detalles acerca de la enfermedad de van Gogh. Su autor consideraba que el pintor era “un genio demente y terrible, con frecuencia sublime, en ocasiones grotesco, siempre al borde de lo patológico”. Se sabe muy poco de la niñez de Vincent. A la edad de once años, tuvo que abandonar “el nido humano”, como lo llamaba él mismo, para ir a vivir a una serie de escuelas con internado. Su primer retrato nos muestra a van Gogh como un joven serio de diecinueve años. Para entonces ya llevaba tres años trabajando en La Haya y posteriormente trabajó también en Londres, en la galería Goupil & Co. En 1874, su amor por Ursula Loyer terminó en desastre y un año después, fue transferido a París en contra de su voluntad. Después de una discusión particularmente acalorada durante las vacaciones navideñas, en 1881, su padre, que era pastor, ordenó a Vincent que se marchara. Con esta ruptura final, decidió dejar de lado su apellido y comenzó a firmar sus lienzos simplemente con “Vincent”. Se marchó a París y jamás volvió a Holanda. En París conoció a Paul Gauguin, cuyas pinturas admiraba mucho. De 1886 a 1888, el autorretrato fue el principal tema de la obra de Vincent. En febrero de 1888, Vincent dejó París; se marchó para Arles y trató de convencer a Gauguin de que hiciera lo mismo. Los meses durante los cuales esperó que llegara Gauguin fueron los más productivos de la vida de van Gogh. Quería mostrarle a su amigo tantos cuadros como le fuera posible y decorar la Casa Amarilla. Sin embargo, Gauguin no compartía sus puntos de vista artísticos y finalmente volvió a París. El 7 de enero de 1889, catorce días después de su famosa auto mutilación, Vincent dejó el hospital donde convalecía. Aunque esperaba recuperarse y olvidar su locura, de hecho volvió al hospital dos veces más ese mismo año. Durante su última estancia en el hospital, Vincent pintó paisajes en los que recreó el mundo de su niñez. Se dice que Vincent van Gogh se disparó en un costado, mientras estaba en el campo, pero decidió volver a la posada y acostarse a dormir. El dueño de la casa le informó al Dr. Gachet y a su hermano Theo, quien describió los últimos momentos de su vida, que se extinguió el 29 de julio de 1890: “Tenía ganas de morir. Mientras estaba sentado a su lado, prometiéndole que trataríamos de curarlo [...], él me respondió, ‘La tristesse durera toujours’ (La tristeza durará para siempre)”.
Pierre-Auguste Renoir nació en Limoges, el 25 de febrero de 1841. En 1854, sus padres lo sacaron de la escuela y le consiguieron un sitio en el taller de los hermanos Lévy, donde aprendió a pintar porcelana. El hermano menor de Renoir, Edmond, opinó al respecto: “A partir de lo que pintaba al carbón en las paredes concluyeron que tenía habilidad para las artes. Así fue como nuestros padres lo pusieron a aprender el oficio de pintor de porcelana”. Uno de los trabajadores de los Lévy, Emile Laporte, pintaba al óleo en su tiempo libre. Él le sugirió a Renoir que usara sus lienzos y pinturas. Este ofrecimiento tuvo como resultado la primera pintura del futuro impresionista. En 1862, Renoir pasó sus exámenes, ingresó en la Escuela de Bellas Artes y, al mismo tiempo, en uno de los estudios independientes donde enseñaba Charles Gleyre, un profesor de la Escuela. El segundo, o tal vez incluso el primero de los grandes sucesos de este periodo en la vida de Renoir fue reunirse, en el estudio de Gleyre, con aquellos que se convertirían en sus mejores amigos durante el resto de su vida y que compartirían sus ideas sobre el arte. Mucho tiempo después, cuando ya era un artista maduro, Renoir tuvo la oportunidad de ver obras de Rembrandt en Holanda, de Velázquez, Goya y El Greco en España y de Rafael en Italia. Sin embargo, Renoir vivió y respiró la idea de un nuevo tipo de arte. Siempre encontró inspiración en el Louvre. “Para mí, en la era de Gleyre, el Louvre era Delacroix”, le confesó a su hijo. Para Renoir, la primera exhibición impresionista fue el momento en que se afirmó su visión del arte y del artista. Este periodo de la vida de Renoir estuvo marcado por otro acontecimiento significativo. En 1873 se mudó a Montmartre, a la casa número 35 de Rue Saint-Georges, donde vivió hasta 1884. Renoir siguió siendo leal a Montmartre durante el resto de su vida. Aquí encontró sus temas “plein-air”, sus modelos y hasta su familia. Fue en la década de 1870 cuando Renoir conoció a los amigos que lo acompañarían el resto de su vida. Uno de ellos fue el comerciante de arte Paul Durand-Ruel, que comenzó a comprar sus pinturas en 1872. En verano, Renoir siguió pintando muchas escenas de exteriores, junto con Monet. Viajó a Argenteuil, donde Monet alquiló una casa para su familia. Edouard Manet también trabajaba con ellos algunas veces. En 1877, en la tercera exhibición impresionista, Renoir presentó un panorama de más de veinte pinturas entre las que se encontraban paisajes creados en París, en el Sena, fuera de la ciudad y en los jardines de Claude Monet; estudios de cabezas femeninas y ramos de flores; retratos de Sisley, de la actriz Jeanne Samary, del escritor Alphonse Daudet y del político Spuller; además de las obras El columpio y El baile en el Moulin de la Galette. Finalmente, en la década de 1880, Renoir entró en una racha de buena suerte. Unos ricos empresarios, el propietario de Grands Magasins du Louvre y el senador Goujon, le encargaron unos trabajos. Sus pinturas se exhibieron en Londres y Bruselas, así como en la Séptima Exhibición Internacional llevada a cabo en la galería de Georges Petit en París, en 1886. En una carta a Durand-Ruel, que entonces se encontraba en Nueva York, Renoir escribió: “Ya se inauguró la exhibición de Petit y no va tan mal, o al menos eso dicen. Después de todo, es difícil juzgarse a sí mismo. Creo que he logrado dar un paso para ganar el respeto del público. Es un pequeño paso, pero es algo”.
Paul Klee nació en 1879 en Münchenbuchsee, Suiza, y creció en una familia de músicos. En vez de seguir la tradición musical de la familia, decidió estudiar arte en la academia de Munich. Sin embargo, el amor que durante su niñez sintió por la música siempre fue parte importante en su vida y su obra. En 1911 Klee conoció a Alexei Javlensky, Vasily Kandinsky, August Macke, Franz Marc y otras figuras de vanguardia y participó en importantes muestras del arte vanguardista, incluyendo la segunda exhibición de Blaue Reiter en la galería Hans Goltz de Munich, en 1912. Es difícil clasificar a Klee como artista, ya que no se asoció con ningún movimiento en particular. En su obra se destacaron los temas satíricos y las representaciones de sueños y fantasías. El arte primitivo, el surrealismo y el cubismo parecen confundirse en sus delicadas pinturas en pequeña escala. El arte de Klee también se distinguió por una extraordinaria diversidad e innovación en la técnica, siendo una de sus más efectivas la transferencia al óleo. La realizaba dibujando con un objeto puntiagudo en el reverso de una hoja recubierta con pintura al óleo y colocada sobre otra hoja. Como efecto secundario del proceso se creaban manchas y marcas de los pigmentos, pero eso daba a las obras de Klee una especie de impresión “fantasmal” que puede apreciarse en muchas de sus obras. Una de las pinturas más populares de Klee en la actualidad es Der Goldfisch (El pez dorado) de 1925, en el que un luminoso pez destella en suspensión en un tenebroso mundo acuático. De 1920 a 1931, además de ser maestro en el Bauhaus, la escuela de arte más avanzada de Alemania, Klee llevó una vida inmensamente productiva. Finalmente, con la llegada al poder de los nazis, él y su esposa tuvieron que salir de Alemania para dirigirse a su natal Suiza. Las obras posteriores de Klee, en las que dominan las formas simplificadas y arcaicas, muestra una preocupación con la mortalidad. Klee murió en 1940, después de una larga enfermedad.
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